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Recuerdo que en 3º de primaria leí un libro que se llamaba "Konrad y las abejas". Trataba de la vida de un niño de ciudad que iba unos meses a vivir al campo con su abuelo, que era apicultor. En un capítulo, Konrad, que habiendo vivido de cerca el proceso de la obtención de la miel y había aprendido a amar a las abejas, se horrorizaba cuando un niño que había invitado a merendar derramaba desconsideradamente la miel que le habían ofrecido, úntandola sin cuidado en su tostada y desperdiciando una buena parte que había quedado en el cuchillo y en el plato. Eso me impactó, porque yo no he tenido la suerte de tener un abuelo apicultor, pero también amo a las abejas. Desde entonces, cada vez que tomo miel, me viene a la cabeza el fragmento de ese cuento que leí en la infancia. El otro día, desayunando, la miel se escapó de mi rebanada de pan, resbalando sobre mis dedos. Agarré la cámara y con una sola mano comencé a fotografiarla. Y la imagen de mi piel con la gota de miel se me antojó como la de una rama resbalando su savia, lo cual me hizo sonreir, porque también amo las plantas. Savia. Me gusta esa palabra. Y ésta es la historia de las fotografías. Como podréis imaginar, después de hacer las fotos, me lamí con gran deleite los dedos, convirtiendo esa pequeña gota de miel en parte de mi cuerpo.

Nerea Nara

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